El consenso de los mandos superiores

Lucía Meza Guzmán / Senadora por Morena

Seguramente no le fue fácil al secretario de la Defensa Nacional, Luis Cresencio Sandoval González reconocer que el operativo para detener a Ovidio Guzmán López, “se realizó de manera precipitada, con deficiente planeación y falta de previsión sobre las consecuencias de la intervención”.

En un hecho histórico, de “inédito esfuerzo de transparencia” como muchos calificaron la conferencia de prensa que encabezó el presidente Andrés Manuel López Obrador, que sirvió para contar “toda la verdad de lo ocurrido” en Culiacán, Sinaloa, el Gabinete de Seguridad salió a dar la cara. Nunca esto hubiera ocurrido antes.

Y sí, seguramente para un general no es fácil aceptar una “derrota”. Todos, hasta el propio jefe del Ejecutivo, asumieron sus culpas, errores y responsabilidades: supieron “poner la otra mejilla”.

Seguramente no fue fácil para el secretario reconocer públicamente que tuvieron que recular, sobre todo, no descartó, que hubo presiones de generales en activo y retirados para que fuera, al menos, el secretario de Seguridad Pública Ciudadana, Alfonso Durazo el responsable del “fracaso”.

Las presiones debieron ser muy duras, desde algunos militares que en lo particular se niegan aceptar que se “perdió”, aunque sea por estrategia, hasta de grupos de poder que soltaron diversas versiones para desvirtuar lo ocurrido, y descalificar al gobierno de la 4T.

En los días siguientes de aquel momento, conocimos de supuestos descontentos entre los militares que, presuntamente, se sentían “agraviados como mexicanos y ofendidos como soldados”. Un hecho es claro, todos los mandos respaldaron la decisión de dejar libre a Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo, porque “la retirada” es parte de una estrategia que al final puede llevar a la victoria.

El prusiano, Carl von Clausewitz, conocido como el Padre de la Estrategia Militar Moderna, daba prioridad a los objetivos políticos sobre los militares, apoyando el control civil sobre los asuntos de la milicia. De alguna manera, entiendo, esto fue a lo que se le dio prioridad, a la seguridad de la población civil y de los familiares de los militares, que estuvieron en peligro.

La decisión de actuar con prudencia para defender la vida de la población, anteponiendo la detención de un presunto narcotraficante, no es un asunto menor. Escuchamos y leímos a quienes, de una u otra manera, acusaron al gobierno de haber fracasado; de haber salido derrotado frente a un grupo de delincuentes.

Seguramente la opinión hubiera sido distinta de aquellos que señalaron acremente a la actual administración como un gobierno “fallido”, si algunos de sus familiares hubieran estado en peligro, y al final, como ocurrió, no pasó a mayores.

La estrategia de guerra de los gobiernos anteriores fue a todas luces un fracaso, pues los  resultados para detener al menos a los líderes de los cárteles de la droga, y a los grupos delincuenciales, no tuvo nunca resultados positivos para el país, y para la población.

Se afirma que el haber dejado libre a Ovidio representa un fracaso total para el Ejército, y para Estado mexicano, pero al mismo tiempo bien vale la pena preguntarse ¿cómo se puede calificar a los resultados de la guerra de los gobiernos neoliberales frente al narcotráfico?

Los militares mexicanos y el general secretario, durante estos días, han enfrentado seguramente a grupos conservadores, militares y civiles que piensan que con la fuerza se resuelve todo, y que de una u otra manera quisieran que el gobierno de la 4T actúe de manera represiva.

Lo ocurrido aquel jueves 17 en Culiacán nos obliga sí, a reflexionar sobre cuál es el aprendizaje que se deriva de esos hechos, sobre el futuro de la estrategia de seguridad, sobre cómo se ha de enfrentar a la delincuencia organizada, y la manera de incorporar los valores y principios de la Cuarta Transformación al ámbito de la seguridad interior y la construcción de la paz social.

Cada vez que se escucha que es hora de asumir las responsabilidades de lo que está ocurriendo, coincido, pero también es necesario señalar que la herencia oscura de las administraciones anteriores dejó en materia de seguridad no es poca cosa, lo mismo que sus pésimos resultados, por lo que resolver el problema no puede ser a partir de las mismas estrategias de confrontación y guerras estériles que se usaron.

Ese día perdieron la vida ocho personas; cinco sicarios, un civil y un militar, pero pudieron haber sido cientos los fallecidos; con inimaginables bajas civiles. El Ejército Mexicano se contuvo porque les queda claro que lo importante no es ganar una guerra; sino construir la paz.

Tengo el convencimiento de que frente a aquellos hechos los mexicanos asistimos sí, a un acontecimiento inédito, pero al mismo tiempo a un hecho histórico en el que las fuerzas armadas mostraron, como siempre, su institucionalidad y su lealtad a su comandante en jefe, pero sobre todo porque los militares mexicanos se han dado cuenta la importancia de ser transparentes, que no representa ningún peligro reconocer errores.

Por todo esto, es plausible el papel que jugaron los militares y, sobre todo, el que encabezó el secretario Luis Cresencio Sandoval González; a pesar de que insisto en que las fuertes presiones, y el liderazgo que mostró al lograr el consenso de los mandos superiores.

Hoy como respuesta, no sólo de la sociedad y de los Poderes de la Unión, debemos reconocer su labor importante, y cerrar filas en torno a nuestro Ejército; nuestras fuerzas armadas y respaldar sus tareas en materia de seguridad, particularmente en este momentos que estamos viviendo en el país.

Nuestras fuerzas armadas son institucionales y tienen claro que “el México de hoy no es tierra fértil para el genocidio, ni para canallas que lo imploren”, saben del altísimo respaldo de la población a su Comandante en Jefe.