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LA CIUDAD QUE NO SE CALLA

Pamela Fernández Valencia

Transitar por las calles de Cuernavaca, en medio del caos y ruido excesivo, es una actividad cotidiana para quienes residimos en esta ciudad. Todo pareciera igual, un poco más de basura, más tráfico, más afluencia. Sin embargo, prestando atención a los pequeños detalles hemos de observar que en algunas de las paredes hay leyendas que a veces pasan desapercibidas hasta que tomas un segundo, alzas la mirada y te encuentras con la leyenda: “Nos quisieron enterrar, no sabían que éramos semilla.”

Más de 1165 mujeres han sido asesinadas en lo que va del año en el país, de acuerdo con cifras recopiladas de la prensa y datos de la activista María Salguero que forman parte del Mapa de los Feminicidios en México. ¿Más, menos? No lo sabemos con certeza, lo que sí sabemos es que madres, amigas, esposas, novias, hijas, hermanas, son víctimas de la violencia de género que continúa en aumento principalmente en el Estado de México, Nuevo León, Chihuahua y la Ciudad de México; Morelos no es la excepción.

Desde el 10 de agosto del año 2015, Morelos mantiene una alerta de género vigente en 8 de los 33 municipios existentes pero la realidad es que aún la entidad continúa de luto llorando a sus víctimas y a sus familias que simplemente no tienen respuestas de lo que pasó. Al menos 151 mujeres han desaparecido en Cuautla, Cuernavaca, Yautepec, Jiutepec y Temixco, localidades que son consideradas como “focos rojos” pero quienes deberían mitigar esa luz incandescente de crímenes no lo han hecho.

Los reflectores nuevamente se posicionaron en “La Ciudad de la Eterna Primavera” a nivel nacional e inclusive internacional al narrar el caso de Lesley Alamilla Sosa, estudiante de la carrera de odontología en una universidad de Cuernavaca, quien fue calcinada y encontrada sin vida el 8 de junio en los límites de Tepoztlán. De acuerdo con informes de la Fiscalía Estatal, el posible culpable de su muerte fue su expareja y aún continúa prófugo.

Zendy Guadalupe Rodríguez Flores de 16 años de edad, apareció semidesnuda y con señas evidentes de abuso sexual, en un terreno de cultivo de la comunidad de San Sebastián de Aparicio, Puebla, el pasado 11 de julio. Era originaria de Morelos y migró a otro estado para cumplir su sueño de ser enfermera.

El caso que particularmente me estremece es la pérdida de la pequeña Ana Lizbeth de 8 años, quien fue engañada por su homicida mientras esperaba a su madre en Juárez, Nuevo León. Quinientos mil pesos fue la cifra prometida para romper el silencio de quienes tenían información para dar con su agresor.

Cientos de nombres se suman a las cifras que siguen creciendo y manchando nuestro país de personas que se convierten en víctimas por simplemente ser mujeres. La ciudad no se calla, no quiere hacerlo y nosotros tampoco deberíamos.

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