LENGUAJE INCLUYENTE, ¿TENDENCIA O CAMBIO?
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LENGUAJE INCLUYENTE, ¿TENDENCIA O CAMBIO?

Pamela Fernández Valencia

Aprendí a hablar cerca de mi primer año de edad como cualquier ser humano en promedio, gracias a los estímulos de mi madre y mi padre; no era capaz de distinguir el género porque mi entorno era limitado y aún el mundo no me lo enseñaba. Al crecer mi vocabulario se fue ampliando así como las reglas gramaticales que, por su origen, diferencian lo masculino y femenino con los artículos “el”, “la”, “los”, “las” y las vocales “a” y “e” al final de las palabras.

El pasado 12 de junio varios colegios de Buenos Aires, Argentina, fueron tomados por alumnos que defendían la despenalización del aborto; durante el movimiento Natalia Mira, vicepresidenta del Centro de Estudiantes Carlos Pellegrini, declaró en televisión nacional lo siguiente: “Hay poques diputades que están indecises y queremos mostrarles que a nosotres no nos va a pasar por al lado que decidan que sigan muriendo mujeres o decidan frenar eso.”

Su expresión podría parecernos incorrecta en comparación con lo que nos han enseñado desde pequeños en el uso del español, pero el romper las reglas al cambiar las “o” “por las “e” y borrar el género masculino omnipresente, revela la lucha constante por la equidad que también se vive en México.

Históricamente se habla de un “machismo lingüístico” usado en vocablos que resultan discriminatorios por razón de género, “la ingeniero” o “la presidente” son algunos de los ejemplos que utilizamos a pesar de que al pronunciarlos nos parezcan extraños, pero ¿será necesario cambiar la forma en la que nos expresamos para ser una sociedad incluyente? La respuesta debería obedecer a la acción, más que a la retórica y no sólo en cuestión de equidad de género sino para reconocer a otros sectores rezagados.

Un lenguaje incluyente debería cambiar palabras como “discapacitados” por “personas con discapacidad”, “personas de color por “afrodescendientes”, “viejitos”, por “personas adultas mayores” o inclusive emplear braille, señales y náhuatl. Hay que entender que la lengua no es machista, sexista o discriminatoria por naturaleza, sino lo es la representación de la realidad en la que la usamos desde que aprendemos a expresarnos.

Pensar que por cambiar únicamente la forma en la que hablamos o escribimos erradicaremos los males sociales es igual de absurdo que pensar que el color azul únicamente le pertenece a los niños y el rosa a las niñas. Llevemos las tendencias hacia un cambio conductual y consciente; alejemos las expresiones violentas y construyamos un lenguaje mientras nos construimos a nosotros mismos.

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