Columna

MIGRANTES SOMOS

Sangre purépecha corre por mis venas, proveniente de la tierra michoacana que vio nacer a mis ancestros.  Aunque esa misma tierra estaba dotada de virtudes, no era un buen lugar para prosperar. El hambre, la falta de educación, la pobreza y las ganas de superación de mis abuelos, movieron sus pies hacia horizontes frescos en donde pudieron echar raíces; primero Estados Unidos, luego Veracruz y finalmente Morelos, lugar al que llamaron hogar.

Gracias a su necesidad de superación, sus hijos pudieron alejarse de un destino incierto y turbio; tuvieron la oportunidad de convertirse en profesionistas con un empleo digno que satisface sus necesidades básicas y, sobre todo, pudieron forjar una nueva generación de descendientes de la misma raíz de la que surgieron sus padres, misma que me dio vida y ha florecido en la persona que soy.

Así como mis abuelos y probablemente también los tuyos, alrededor de 258 millones de personas se convirtieron en migrantes en todo el mundo de acuerdo al Informe Internacional 2017 de la ONU, todas ellas  seguramente impulsadas por el mismo deseo de subsistir; a pesar de no compartir el mismo origen y enfrentase a los mismos riesgos.

Desde el viernes 19 de octubre del 2018 más de 5 mil hombres, mujeres, niños, niñas y ancianos provenientes de Centroamérica llegaron a la frontera de Guatemala con Chiapas; alentados por el sueño de atravesar una barrera física, de que al tocar tierras nuevas se les permitirá un nuevo comienzo. Cruzar para el “otro lado” es la única esperanza que les queda a quienes vienen en la caravana migrante, aunque su vida esté en juego.

Bajo los gritos de “aquí estamos y no nos vamos” la multitud se encaró con la frialdad de los militares y policías mexicanos que trataron de impedir su paso; la violencia surgió en la frontera. Las barreras físicas se transformaron en barreras mentales, que se construían con palabras ferozmente xenofóbicas y discriminatorias: “no los dejen pasar, porque nos quitarán lo que nos pertenece,” “son gente mala, son delincuentes que echarán a perder al país”.

Por el mismo suceso resurgieron también la hermandad, la solidaridad y calidez que nos caracteriza como mexicanos; cientos de manos ofrecen agua y alimentos para los que con cansancio deben seguir su travesía. Esas mismas manos migrantes fueron las que levantaron escombros y brindaron ayuda durante la tragedia del sismo de 19 de septiembre en las zonas afectadas, incluido nuestro estado.

Estamos en una evidente crisis humanitaria aquí, en Estados Unidos, Siria y en cualquier territorio que violenta y mata a quienes luchan desesperadamente por vivir. México aclama piedad por sus migrantes que cruzan “al norte”, pero somos despiadados e incoherentes cuando los centroamericanos intentan sobrevivir en nuestra frontera.

No vale la pena parafrasear discursos políticos ni pronunciamientos absurdos, que atentan contra la humanidad y los derechos. Son una muestra de la carencia de las políticas públicas de los países, que no son capaces de ofrecer lo básico a sus residentes, que se ven orillados a iniciar una travesía incierta para encontrar otra oportunidad.

Les aseguro presidentes Donald Trump y Enrique Peña Nieto que si tuvieran la necesidad de migrar para sobrevivir, no lo dudarían ni un segundo; aunque sabemos que es una realidad muy ajena a ustedes y los suyos, porque nacieron “en cuna de oro.” Solo queda esperar que la llamada Cuarta Transformación actúe coherentemente.

 

Migremos si lo necesitamos, para encontrarnos con los nuestros, migremos si se nos da la gana y porque compartimos el mundo como hogar. Absurdos los pasaportes y las visas, nadie pidió que nos etiquetaran con un sello para validar nuestra existencia. Nacimos libres de territorios físicos y mentales, que nos han impuestos; basta ya de la falta de empatía que nos ha dividido históricamente y lo seguirá haciendo si así lo permitimos. No son las leyes ni las fronteras las que quebrantan, somos nosotros mismos. Todos somos el mundo, somos América, migrantes somos.