Morelos, la gran escena del crimen.

Hoy la consternación llegó a mí por varios sucesos que han acontecido durante los últimos años en Cuernavaca, en Morelos; no es nuevo el incremento que en temas de violencia se ha dado, pero sí hay puntos específicos que se necesitan revisar porque nos estamos “deshumanizando”.

Mientras se espera el arribo de la policía y al ver el cuerpo inerte frente a todos, ya sin respiración, ya sin estar aquí, solo presente ante decenas de personas curiosas y ante los pasos que requiere la inspección de la escena: por un lado, una mamá caminando con dos niños de no más de siete años, uno tomado de cada mano como si vinieran andando en cualquier día normal. El niño observando la escena atento, sin parpadear… cuando justo pasa frente al cadáver y dice: mamá, mira, tiene un hoyo en la cabeza. La mamá no voltea, sigue su camino entre gritos, mujeres llorando por la conmoción, llamadas al 911 en voz alta que exclaman: ¡ya no se mueve!

Los policias llegan para acordonar la escena mientras amedrentan a los curiosos con cámaras de celulares que documentan el hecho. Más tarde, pasadas 10 horas, ya no hay cuerpo, solo una veladora encendida y cal encima de la sangre sobrante. Ya no hay testigos, quienes pasan por ahí no saben qué sucedió, pasan “a ciegas”.

Al llegar la hora 13 después del evento aparece un retén de militares como si el asesino fuera a pasar y a entregarse. Como si aquel hombre sombrío y misterioso quisiera volver a verificar su tino. Los autos se detienen ante la inspección, extrañados, pues al ser una colonia tan común la recepción de los militares es de llamar la atención de todos.

¡Qué miedo! Pero no miedo a los asesinos a sueldo, sino a los que conformamos esta comunidad y nos volvemos “insensibles” ante los hechos. Al principio, las calles se vaciaban, los ruidos se acallaban, el ambiente se volvía fúnebre ante un caso así. Ahora, la gente sale y sigue con su vida, dice: ¡qué bárbaridad, uno más!, mientras ven un cádaver.

Si lo pensamos, cada lugar en el estado se ha vuelto una escena del crimen y todos los días, pasamos por al menos un par… “Aquí en el centro, en la calle donde un chavo mató gente”, “Aquí en el panteón, donde mataron a la niña”, “Aquí en la taquería, donde murieron dos”… lo terrible es que la muerte ha invadido nuestro día a día: “Perdón, llegué tarde porque se me atravesó una balacera”, “No pude llegar porque acordonaron la calle y me tuve que regresar”. No sólo eso, las pláticas en familia han cambiado, antes de decirnos: “¿Cómo te fue hoy?’, nos preguntamos: “¿Viste que mataron a…?’

Estamos convirtiendo a nuestro Morelos en una novela criminal y lo peor, se está volviendo “común” para todos y hasta pareciera que resulta “emocionante”: “¡Yo lo vi todo! Te paso la foto al rato”.

Las autoridades ausentes aparecen solo para levantar cadáveres, capturando a quién sabe cuántos culpables e inocentes; nuestros servidores públicos “tratando” de aparecer en la foto: “El Fiscal General del Estado de Morelos supervisó personalmente la investigación con los peritos”…

¿Qué vamos a hacer como sociedad?, ¿cómo vamos a participar en la construcción del bienestar si temas así ya están sonando durante la comida, durante la jornada laboral?; quizá ausentes e instriónicos continuen nuestros gobernantes, pero, ¿y nosotros?, ¿no tenemos también responsabilidad? O seguiremos siendo sólo “espectadores” de un Morelos rojo, olvidado y fúnebre. Al final de cuentas, mañana habrá “un nuevo muerto”.

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