Me presentó con otros grandes héroes como Gino Bartali, Eddy Merckx, Olé Ritter, Bernard Hinault, Chiapucci, Pantani, Fignon, Lemond, Giacomo Santini, así como los dos Directores del Tour de France, Felix Levitan y Jacquez Goddet. O sea. Qué suerte! Mi espíritu e instinto periodístico se engrandecieron poco a poco. Me sentía el hombre más seguro del mundo, con gran auto estima, y a donde quiera que iba, sentía que me abrazaba un reflejo de luz. Ese reflejo de luz nacia en la imagen de Benotto. Asi fue en medio centenar de viajes por Asia y Europa. En México también hubo una relación muy estrecha con Giacinto Benotto y la familia. Al casarme, Giacinto, su hermano Cesare, Lea y Bettina fueron los padrinos, al igual que Raúl Hernández, titular de la FMC: Arturo el Profe Contreras, Director de Ovaciones y Carlos Pantoja, la joya periodística del futbol llanero. La familia Benotto vivió en una privada, atrás de Calle La Quemada. Colonia Del Valle A ese hogar sólo un ciclista era invitado para comer, era el consentido Héctor Pérez El Gallo. Otro consentido Ricardo Ramirez Plancarte. Su empleado de confianza Igual, el único periodista invitado a comer en su casa era un servidor. Giacinto se iba a recostar, yo me quedaba dormido en el sofá. A las 6 de la tarde nos levantábamos para ir a la fábrica en Calzada de Tlalpan. En Villa de Cortés, donde ahora hay un Sanborns. La primera tienda de Benotto estuvo en Escuela Médico Militan y casi esquina con Fray Servando. El temblor del 85 los hizo mudarse a Tlalpan. PARA TERMINAR Es 29 de mayo de 1990 suena el teléfono de casa. ¿Riiiiiiiing? ¿Riiiiiiiing? La notica que recibo es devastadora. Giacinto Benoto ha muerto. Es noticia, la más triste. Metemos una esquela en Ovaciones. Veo las noticias del día: Raúl Alcalá conquista la Vuelta de Asturias y Manuel Youshimatz es cuarto en un serial en Tokio. Hay consternación en las oficinas de Benotto. Cientos de corazones que latían con fuerza, ese día encogieron de tristeza. Fuimos a Gayosso. Hay semblantes afligidos, rostros abatidos, dolor, lamentos y amargura. Gruesas lágrimas ruedan por las mejillas. Qué día tan triste!! Un día que será recordado en la eternidad porque se fue el más grande apoyo que ha tenido el ciclismo mexicano. Un hombre bueno, bonachón, siempre bien vestido con su blazer de cuadros blancos y dorados, de ojo azul profundo, cabellera entre rubia y blanca y sonrisa amable. Unas 300 miradas acongojadas se reunieron en el panteón Jardín. Se escuchaba el trino de las aves en un ámbito entre azul y pálido. Y más arriba, como serenas naves, se dibujaban nubes de seda blanca Giacinto supo trabajar en el arte de la lealtad. Sus empleados fueron producto de la honorabilidad. Jamás esperó la ayuda de nadie, pero siempre estuvo atento para ofrecerla a todos. Este hombre de la tierra fértil, bueno y sencillo, poseía la robustez de los hombres venidos del campo. Parecía de granito, tallado como la arcilla. Sólido, musculoso y anchas espaldas. Benotto daba la impresión de potencia, salud y un estado natural de disposición al esfuerzo absoluto que demandaba coordinar y dictar ordenes de su importante empresa. Dato curioso, Giacinto tenía tiendas y oficinas en medio mundo. Pero él no tenía oficina… Se la pasaba recorriendo los pasillos para ver el trabajo de sus artesanos. Sus productos llegaban de Canadá hasta Argentina, de Finlandia hasta el Reino de Bagdad, y de Siberia hasta la Isla de Sumatra, sin dejar de pasar por Japón, China, Hong Kong y Singapoore. Siete veces por año viajaba por el mundo en Grandes Ferias de la Bicicleta, como Milán, Tokio, Colonia, Munich, París, Nueva York y Long Beach, California. Vea este dato. Una vez regresamos de Tokio a las 5 de la tarde, con el horario al revés, y en vez de ir a reposar, fue directo a su oficina para dictar órdenes y preparar embarques rumbo Asia. Giacinto Benotto no descansaba. No olvido los viajes. Me quedo con el recuerdo de esos bellos paisajes encantadores, como surgidos de un cuento de hadas y duendecillos. Añoro los hoteles, las comidas, lo mejor de la vida. Pero todo terminó. Hasta el apoyo al ciclismo nacional terminó. Por eso, el 29 de mayo de 1990 será recordado como el día más triste. Tan triste que si el Ser Supremo deseara eternizar a los hombres de bien, el primero en elegir sería al señor Benotto. PD. LO ÚNICO QUE ME PIDIÓ BENOTTO QUE NO PUNLICARA, SINO HASTA DESPUÉS DE SU MUERTE, ERA EL DINERO ANUAL QUE INVERTÍA EN APOYO A CICLISTAS.
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GIACINTO BENOTTO, UN HOMBRE LEGENDARIO

La de Giacinto Benotto fue una vida hecha de objetivos alcanzados.

No fueron las placas, medallas, trofeos o los mil reconocimientos los que lo hicieron grande.

Fue el logro y éxito de haber cumplido con los proyectos que se trazó.

Lo que decimos no es un mito, es la historia de vida de un hombre hecho Leyenda.

Y este es un documento real. Un fragmento jamás escrito.

La vida de cientos de ciclistas fue un carnaval de felicidad, y al referirse a Giacinto Benotto, lo hacen con una reverencia y se quitan el sombrero como muestra de gratitud y respeto.

FUERON miles los que recibieron su apoyo.

Gastaba hasta 400 mil dolares al año en patrocinios

Giacinto llegó a México en el inicio de la década de los años cincuenta.

En Italia ya era conocido por ser el primer artesano en fabricar mil bicicletas diarias.

La Segunda Guerra dejó muerte, tristeza y destrucción, y la fábrica de Benotto en Torino no fue la excepción.

Eran años de conflicto, con los ideales fascistas de Mussolini y luego la derrota del país de la bota frente a los países aliados.

Total, Benotto perdió la fábrica de Torino y llegó a México con sólo cinco pesos en la bolsa.

Una vez pasamos frente a un arcaico y arruinado hotel de la Merced, Giacinto lo señaló y dijo:

“En este hotel pasé la primera noche que llegué a la ciudad de México.

“No traía dinero y aquí tuve que meter a mi esposa Lea, Teresa y Bettina.”

Giacinto se puso a trabajar hasta 20 horas.

Día y noche.!!

Los amigos italianos lo apoyaron y pronto comenzó a reconstruir su Imperio.

AÑO DE 1977.

A los pies de las jorobas de Los Andes, (San Cristóbal del Táchira, Venezuela), el italiano Francesco Moser se proclama Campeón Mundial Profesional.

Corrió con la firma Sanson-Benotto, y a partir de ese momento, el equipo recibió más apoyo financiero.

En febrero de 1978 Giacinto convocó a rueda de prensa. Un desayuno en la Ex Hacienda de Los Morales, en Polanco.

Anunció las contrataciones para el equipo Benotto profesional cuyo capitán era el Campeón Mundial, Francesco Moser.

Al final del desayuno, lo tomé del brazo, platicamos en otro salón y acordamos:

“Ovaciones se compromete publicar fotos y textos de todas las actuaciones del equipo en Europa.

Y Benotto paga todos los viajes”

Ahí empezó una aventura periodística que para mí tuvo enorme significado.

Tenía 18 años, era Jefe de Información y Director de Eventos Especiales en Ovaciones.

Y contaba con el apoyo del Director de Deportes y el dueño del periódico.

Viajaba tres y cuatro veces por año a Europa, Asia y América, para presenciar grandes eventos, como el Giro de Italia, Tour de Francia, Milán-San Remo, París Roubaix, Tirreno Adriatico, Tour de L’ Avenir, Carrera de la Paz Berlín-Praga Varsovia, decenas de Campeonatos del Mundo, juveniles, amateurs, profesionales y hasta veteranos en Saint Johan di Tirol, en Austria.

Viajamos en aéreos

de primera clase y estando allá, nunca me dejó solo.

Siempre estuvo un auto, un hotel, alimentación y dos o tres mil dólares para lo que fuera necesario.

“Si te sobra, lo devuelves a la caja”.

Y devolvía 600 o 700 dólares, ante la mirada azorada de sus empleados.

Chinto viajaba en un avión, su esposa Lea Cortese lo hacía en otro vuelo. Después llegaba Bettina y Teresa, en vuelos diferentes.

Por qué? –pregunté una vez. Y dijo él, rascándose la cabeza.

”-Si se cae un avión, se acaba la familia Benotto”

Corre el año de 1980.

Fuimos al Campeonato Mundial en Sallanchez y Benzanzon, en el corazón de los Alpes, frontera con Suiza, Italia y Francia.

Nos alojamos en Chamonix, pueblito risueño, Capital Mundial del Alpinismo, enclavado a los pies de Le Mont Blanc.

Es un lugar hermoso.

Los jardines se cubren de nieve.

Los pájaros cantan pero permanecen invisibles.

Los cantos de los tifosis le otorgan fuerza a la envejecida madera del hotel Challet suizo.

Allá arriba se aprecian las nubes de algodón y los copetes blancos de Le Mont e Eguile Du Midi.

Luego aparece a la vista una enorme caída de agua, tan bella como si fueran largos hilillos blancos de Seda.

Por la noche caen copos de nieve. Parecen blancas palomas muertas al impacto con el suelo.

El cielo es totalmente estrellado.

La luna sonríe.

Ya es tarde, El Sol comienza a bostezar.

Los ciclistas pasan al restaurante tras nueve horas de pedaleo en entrenamiento.

Afuera esperan unos cien periodistas de La Gazzeta Dello Sport, La RAI televisión italiana, Le Corriere de la Sera, L´Equipe, Le Parisien, Le Monde, Le Figaro, The Guardian, Winning, Veló, Washington Post, New York Times. DPA, ESPN, CNN, UPI, AP, etc.

Ahí están los más grandes periodistas –a quienes mucho admiro-.

Permanecen afuera.

Llega el vehículo de Benotto y se aparca frente al hotel.

Los colegas corren a saludarlo.

Luego abren paso, entra Benotto, acompañado del periodista Maho, de México

Me presenta ante los profesionales italianos.

Francesco Moser, Giuseppe Saronni, Gianbattista Baroncheli, Moreno Argentin, Roberto Visentini, Gianni Bugno.

Hablé con los mejores del mundo. Fueron extraordinariamente accesibles.

Y es que, la verdad, fue la magia de Giacinto Benotto la que logró éste suceso.

Yo era un chamaco con 18 años de edad. Y me sentía el mejor reportero del mundo.

Porque a quienes admiraba, estaban afuera esperando una oportunidad para entrar.

Esta fue obra de Benotto.

Me presentó con otros grandes héroes como Gino Bartali, Eddy Merckx, Olé Ritter, Bernard Hinault, Chiapucci, Pantani, Fignon, Lemond, Giacomo Santini, así como los dos Directores del Tour de France, Felix Levitan y Jacquez Goddet.

O sea. Qué suerte!

Mi espíritu e instinto periodístico se engrandecieron poco a poco.

Me sentía el hombre más seguro del mundo, con gran auto estima, y a donde quiera que iba, sentía que me abrazaba un reflejo de luz.

Ese reflejo de luz nacia en la imagen de Benotto.

Asi fue en medio centenar de viajes por Asia y Europa.

En México también hubo una relación muy estrecha con Giacinto Benotto y la familia.

Al casarme, Giacinto, su hermano Cesare, Lea y Bettina fueron los padrinos, al igual que Raúl Hernández, titular de la FMC: Arturo el Profe Contreras, Director de Ovaciones y Carlos Pantoja, la joya periodística del futbol llanero.

La familia Benotto vivió en una privada, atrás de Calle La Quemada. Colonia Del Valle

A ese hogar sólo un ciclista era invitado para comer, era el consentido Héctor Pérez El Gallo.

Otro consentido Ricardo Ramirez Plancarte. Su empleado de confianza

Igual, el único periodista invitado a comer en su casa era un servidor.

Giacinto se iba a recostar, yo me quedaba dormido en el sofá.

A las 6 de la tarde nos levantábamos para ir a la fábrica en Calzada de Tlalpan. En Villa de Cortés, donde ahora hay un Sanborns.

La primera tienda de Benotto estuvo en Escuela Médico Militan y casi esquina con Fray Servando.

El temblor del 85 los hizo mudarse a Tlalpan.

PARA TERMINAR

Es 29 de mayo de 1990 suena el teléfono de casa.

¿Riiiiiiiing?

¿Riiiiiiiing?

La notica que recibo es devastadora.

Giacinto Benoto ha muerto.

Es noticia, la más triste.

Metemos una esquela en Ovaciones.

Veo las noticias del día: Raúl Alcalá conquista la Vuelta de Asturias y Manuel Youshimatz es cuarto en un serial en Tokio.

Hay consternación en las oficinas de Benotto.

Cientos de corazones que latían con fuerza, ese día encogieron de tristeza.

Fuimos a Gayosso.

Hay semblantes afligidos, rostros abatidos, dolor, lamentos y amargura.

Gruesas lágrimas ruedan por las mejillas.

Qué día tan triste!!

Un día que será recordado en la eternidad porque se fue el más grande apoyo que ha tenido el ciclismo mexicano.

Un hombre bueno, bonachón, siempre bien vestido con su blazer de cuadros blancos y dorados, de ojo azul profundo, cabellera entre rubia y blanca y sonrisa amable.

Unas 300 miradas

acongojadas se reunieron en el panteón Jardín.

Se escuchaba el trino de las aves en un ámbito entre azul y pálido.

Y más arriba, como serenas naves, se dibujaban nubes de seda blanca

Giacinto supo trabajar en el arte de la lealtad.

Sus empleados fueron producto de la honorabilidad.

Jamás esperó la ayuda de nadie, pero siempre estuvo atento para ofrecerla a todos.

Este hombre de la tierra fértil, bueno y sencillo, poseía la robustez de los hombres venidos del campo.

Parecía de granito, tallado como la arcilla.

Sólido, musculoso y anchas espaldas.

Benotto daba la impresión de potencia, salud y un estado natural de disposición al esfuerzo absoluto que demandaba coordinar y dictar ordenes de su importante empresa.

Dato curioso, Giacinto tenía tiendas y oficinas en medio mundo.

Pero él no tenía oficina…

Se la pasaba recorriendo los pasillos para ver el trabajo de sus artesanos.

Sus productos llegaban de Canadá hasta Argentina, de Finlandia hasta el Reino de Bagdad, y de Siberia hasta la Isla de Sumatra, sin dejar de pasar por Japón, China, Hong Kong y Singapoore.

Siete veces por año viajaba por el mundo en Grandes Ferias de la Bicicleta, como Milán, Tokio, Colonia, Munich, París, Nueva York y Long Beach, California.

Vea este dato.

Una vez regresamos de Tokio a las 5 de la tarde, con el horario al revés, y en vez de ir a reposar, fue directo a su oficina para dictar órdenes y preparar embarques rumbo Asia.

Giacinto Benotto no descansaba.

No olvido los viajes.

Me quedo con el recuerdo de esos bellos paisajes

encantadores, como surgidos de un cuento de hadas y duendecillos.

Añoro los hoteles, las comidas, lo mejor de la vida.

Pero todo terminó.

Hasta el apoyo al ciclismo nacional terminó.

Por eso, el 29 de mayo de 1990 será recordado como el día más triste.

Tan triste que si el Ser Supremo deseara eternizar a los hombres de bien, el primero en elegir sería al señor Benotto.

PD. LO ÚNICO QUE ME PIDIÓ BENOTTO QUE NO PUNLICARA, SINO HASTA DESPUÉS DE SU MUERTE, ERA EL DINERO ANUAL QUE INVERTÍA EN APOYO A CICLISTAS. 

Me presentó con otros grandes héroes como Gino Bartali, Eddy Merckx, Olé Ritter, Bernard Hinault, Chiapucci, Pantani, Fignon, Lemond, Giacomo Santini, así como los dos Directores del Tour de France, Felix Levitan y Jacquez Goddet. O sea. Qué suerte! Mi espíritu e instinto periodístico se engrandecieron poco a poco. Me sentía el hombre más seguro del mundo, con gran auto estima, y a donde quiera que iba, sentía que me abrazaba un reflejo de luz. Ese reflejo de luz nacia en la imagen de Benotto. Asi fue en medio centenar de viajes por Asia y Europa. En México también hubo una relación muy estrecha con Giacinto Benotto y la familia. Al casarme, Giacinto, su hermano Cesare, Lea y Bettina fueron los padrinos, al igual que Raúl Hernández, titular de la FMC: Arturo el Profe Contreras, Director de Ovaciones y Carlos Pantoja, la joya periodística del futbol llanero. La familia Benotto vivió en una privada, atrás de Calle La Quemada. Colonia Del Valle A ese hogar sólo un ciclista era invitado para comer, era el consentido Héctor Pérez El Gallo. Otro consentido Ricardo Ramirez Plancarte. Su empleado de confianza Igual, el único periodista invitado a comer en su casa era un servidor. Giacinto se iba a recostar, yo me quedaba dormido en el sofá. A las 6 de la tarde nos levantábamos para ir a la fábrica en Calzada de Tlalpan. En Villa de Cortés, donde ahora hay un Sanborns. La primera tienda de Benotto estuvo en Escuela Médico Militan y casi esquina con Fray Servando. El temblor del 85 los hizo mudarse a Tlalpan. PARA TERMINAR Es 29 de mayo de 1990 suena el teléfono de casa. ¿Riiiiiiiing? ¿Riiiiiiiing? La notica que recibo es devastadora. Giacinto Benoto ha muerto. Es noticia, la más triste. Metemos una esquela en Ovaciones. Veo las noticias del día: Raúl Alcalá conquista la Vuelta de Asturias y Manuel Youshimatz es cuarto en un serial en Tokio. Hay consternación en las oficinas de Benotto. Cientos de corazones que latían con fuerza, ese día encogieron de tristeza. Fuimos a Gayosso. Hay semblantes afligidos, rostros abatidos, dolor, lamentos y amargura. Gruesas lágrimas ruedan por las mejillas. Qué día tan triste!! Un día que será recordado en la eternidad porque se fue el más grande apoyo que ha tenido el ciclismo mexicano. Un hombre bueno, bonachón, siempre bien vestido con su blazer de cuadros blancos y dorados, de ojo azul profundo, cabellera entre rubia y blanca y sonrisa amable. Unas 300 miradas acongojadas se reunieron en el panteón Jardín. Se escuchaba el trino de las aves en un ámbito entre azul y pálido. Y más arriba, como serenas naves, se dibujaban nubes de seda blanca Giacinto supo trabajar en el arte de la lealtad. Sus empleados fueron producto de la honorabilidad. Jamás esperó la ayuda de nadie, pero siempre estuvo atento para ofrecerla a todos. Este hombre de la tierra fértil, bueno y sencillo, poseía la robustez de los hombres venidos del campo. Parecía de granito, tallado como la arcilla. Sólido, musculoso y anchas espaldas. Benotto daba la impresión de potencia, salud y un estado natural de disposición al esfuerzo absoluto que demandaba coordinar y dictar ordenes de su importante empresa. Dato curioso, Giacinto tenía tiendas y oficinas en medio mundo. Pero él no tenía oficina… Se la pasaba recorriendo los pasillos para ver el trabajo de sus artesanos. Sus productos llegaban de Canadá hasta Argentina, de Finlandia hasta el Reino de Bagdad, y de Siberia hasta la Isla de Sumatra, sin dejar de pasar por Japón, China, Hong Kong y Singapoore. Siete veces por año viajaba por el mundo en Grandes Ferias de la Bicicleta, como Milán, Tokio, Colonia, Munich, París, Nueva York y Long Beach, California. Vea este dato. Una vez regresamos de Tokio a las 5 de la tarde, con el horario al revés, y en vez de ir a reposar, fue directo a su oficina para dictar órdenes y preparar embarques rumbo Asia. Giacinto Benotto no descansaba. No olvido los viajes. Me quedo con el recuerdo de esos bellos paisajes encantadores, como surgidos de un cuento de hadas y duendecillos. Añoro los hoteles, las comidas, lo mejor de la vida. Pero todo terminó. Hasta el apoyo al ciclismo nacional terminó. Por eso, el 29 de mayo de 1990 será recordado como el día más triste. Tan triste que si el Ser Supremo deseara eternizar a los hombres de bien, el primero en elegir sería al señor Benotto. PD. LO ÚNICO QUE ME PIDIÓ BENOTTO QUE NO PUNLICARA, SINO HASTA DESPUÉS DE SU MUERTE, ERA EL DINERO ANUAL QUE INVERTÍA EN APOYO A CICLISTAS.

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