HASTA SIEMPRE, MARIANA

 

Mi madre llegó a Morelos tierra que le brindó la esperanzade una nueva vida porque le dió un trabajo, una familia y la posibilidad de echar raíces. Ella me narraba la impresión que le dio admirar por primera vez la belleza del estado: su tranquilidad, sus calles adornadas de flores y árboles, el clima tan privilegiado, la seguridad con la que podíastransitar; lo describía como un sitio perfecto para experimentar paz. 

 

Esta misma tierra fue la que me dio vida y en la que he existido por 5 lustros. Las memorias de mi infancia relatan mis días jugando en las calles con mis vecinos durante las tardes en un deportivo cercano a mi casa y luego íbamos a la tienda por alguna golosina que se nos antojara. Recuerdo que mamá se sentía confiada de dejarme jugar, de dejarme vivir. 

 

Quizá tu infancia fue similar a la mía, Mariana. Imagino que también te reunías con tus amigos para divertirte un rato después de la escuela; probablemente te gustaba mantenerte activa o hacer algún deporte así como a mí; seguramente tu madre también te amó y procuró como a su más preciado tesoro. 

 

Ambas crecimos Mariana, y yo, nos enfrentamos a lo drástico de la vida adulta y a sus realidades que cada vez más se alejan de la hermosa apariencia infantil con la que veíamos la vida; sin peligro, sin miedos, sin ansiedades. Nos tocó enfrentarnos a la maldad humana que se reproduce como la peor bacteria que pudre todo lo que alcanza, simplemente porque la impunidad reina. 

 

Apareciste ultrajada en plena mañana de Diez de Mayo al borde de la carretera de Xochitepec, quienes te buscaban exhaustivamente no se imaginaron que eras tú a quien le habían arrebatado los sueños. 

 

Tampoco entiendo en qué momento el sitio que resguardó nuestra niñez se convirtió en el peor lugar para que nosotras pudiéramos vivir, se transformó en el lugar que nuestras madres jamás hubieran querido exponernos.

 

Me consternan aquellas madres ausentes que sin conciencia o con intención han criado hijos e hijas en la penumbra, sembrando odio, rencor y desamor; provocando que aquellos niños que así como Mariana y como yo, que nacieron mereciendo los mismos derechos, se transformen en criminales sin escrúpulos.  

 

Caminamos con miedo ¿qué nos pueden decir nuestros padres del mundo al que nos enfrentamos? Simplemente nos bendicen todos los días y depositan su amor en la esperanza de que no nos suceda nada antes de regresar a casa.

 

Nos quieren robar nuestra juventud, nuestras ganas de salir a bailar y disfrutar de la ferviente posibilidad de descubrir el mundo. ¿En qué momento nos arrebataron nuestra libertad?

 

Ahora, nos corresponde a nosotros hacer una profunda reflexión sobre el mundo que estamos creando y la sociedad descompuesta que podríamos heredar a nuestros descendientes, pero sobre todo, del tipo de seres humanos que engendran ésta.  

 

Como palabras ahogadas que no podían salir a la luz por el dolor que causa esta situación incontrolable, ahora le escribo a tu memoria, y a la de todos y todas que día con día se suman a la lista de la violencia imparable que pareciera no tener punto final.

 

Le escribo también a mi madre, y a cada madre que pierde a un hijo e hija, con la esperanza de que sea más grande el amor incondicional que nos tienen para que nos resguarde de todo mal, y que ese amor pueda llegar a aquellos que no tuvieron la fortuna de tenerlo en su hogar.

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