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¿Qué sigue Morelos?

Los hechos violentos se multiplican. Cada día amanecemos con nuevas noticias trágicas. Homicidios, secuestros y extorsiones son algunos de los rostros de la violencia que enrarecen el ambiente y generan miedo e indignación. La autoridad clama por la presencia de la Guardia Nacional como si ésta fuera la panacea para frenar la escalada del crimen, mientras la improvisación y la indiferencia se han instalado en ella. Se culpa al pasado pensando que con ello se modificará el presente.
Las fuerzas políticas calladas ante lo que a todas luces es una emergencia, desarticuladas y valorando el “beneficio” político de expresarse, no esconden que no han logrado superar el oportunismo. Los poderes enredados en luchas que no atienden lo esencial del momento.
La sociedad pasmada por los eventos dolorosos que le aquejan. Los usuarios del transporte público que viajan todos los días con el “Jesús en la boca”. Los jóvenes que observan cómo les ha sido “secuestrada” la noche puesto que ningún bar o centro de diversión es ya seguro. Las familias que esperan con angustia a que regresen todos sus miembros a casa. Los comerciantes con temor a la extorsión que se multiplica en muchas zonas de nuestro estado. La inversión detenida ante la inseguridad. El turismo que mira hacia otro lado puesto que Morelos no está tranquilo.
Al estado le urge una convocatoria amplia. Ni el gobierno solo ni la sociedad sin éste podrán hacer frente al desafío actual. Diálogo, encuentro y suma de esfuerzos son necesarios para construir escenarios distintos. Si la apuesta es restar, muy pronto acabaremos en menos cero. Hay que avanzar en la prevención más que en la reacción. Es hora de asumir la complejidad del problema y no instalarnos en respuestas simples.
Todos llamados a tomar la palabra, educadores, académicos, investigadores, empresarios, amas de casa, jóvenes, líderes comunitarios, Iglesias buscando verbalizar no solo el anhelo de paz sino el compromiso desde cada sector para lograrlo.
Hacer de Morelos una tierra de paz no será fácil pero no es imposible. El tiempo apremia, el dolor se multiplica y la realidad se vuelve más compleja.
Asumir una ética del cuidado, avanzar en cultura de paz, sanar las heridas, instalar mecanismos de transformación de conflictos, repensar nuestro desarrollo, atender a los sectores más vulnerables, respetar y garantizar los derechos humanos, transformar nuestras instancias de procuración e impartición de justicia, insistir en la transparencia y desterrar la corrupción son algunos de los elementos que habrían de convertirse en programas con objetivos, metas, responsables y recursos que pudieran ser monitoreados y evaluados permanentemente.
¡Construyamos la paz! Nuestra tierra se lo merece.
José Antonio Sandoval Tajonar